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“ Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates.”

(Plutarco, Alejandro, I, Hernán Pino)

Nota

EL DIARIO SECRETO DE FILARCO DE ALEJANDRÍA es un relato de ficción, pero basado en hechos reales. Pretendemos contar la historia de una forma más espontánea, atendiendo más a los personajes históricos que a los grandes acontecimientos. No obstante, todo lo que se narra en estas páginas están rigurosamente comprobado, siendo ficción tan sólo la trama central. Las opiniones que da el personaje están sujetas al punto de vista de la narración.

DÍA I. ALEJANDRÍA



PÁGINA  I

Parto a mi destino. Apenas los remeros han comenzado a sacar la nave del puerto y ya te extraño, Alejandría. ¡Qué dulce y serena te quedas entre las brumas del alba!. Nadie diría que dentro de poco Febo Apolo derramará con exceso sus dones y la excitación y el ruido brotarán en tus calles un día más.

Yo, Filarco, hijo de Demetrio, nacido en la ciudad de Náucratis, parto hoy para Roma por orden de mi maestro, Areios de Alejandría, filósofo, maestro y amigo del primero entre los romanos, aquél al que llaman Augusto. Comienzo en este momento, sentado en la popa del navío, el diario de un viaje que tal vez dure varios años. Me he prometido a mi mismo, Alejandría, no olvidarte y por eso lo comienzo mirándote por última vez, para que estas líneas aviven tu recuerdo como el perfume trae la ilusión de la presencia de la amada.

Pero déjame, Alejandría, mirarte una vez más. Quiero retener en mi memoria la imagen que mis ojos, tal vez, no vuelvan a ver:
los palacios alineados unos al lado de los otros, más griegos que egipcios, cuyas fachadas de mármol blanco obligan al transeúnte a bajar la vista en una ofrenda al mayor de los dioses, quien juega a ser un niño ocultándose entre las soberbias columnatas o las estatuas.

Allá, a mi izquierda, se levanta el templo de la madre egipcia Isis y a sus pies el pequeño puerto cerrado en la lengua de tierra para los barcos reales. El teatro de Dioniso y después el Mercado que tantas veces he recorrido con placer para comprar cualquier producto venido del rincón más lejano del mundo.

Sí, mi adorada Alejandría, dama blanca que se recuesta indolente entre la espuma del mar y las dulces aguas del lago; ¿acaso no habré de extrañar tus vinos y tus frutos jugosos cuando viva entre los bárbaros?

Mirando al frente intuyo la silueta de la Biblioteca. De mis ojos se escapan dos furtivas lágrimas en su honor. Pero a ella podré tenerla más presente, adorable lugar de lectura y recogimiento, pues en mi bagaje se encuentran muchas copias de las obras que me llevo a Roma para depositarlas en las salas de Columnas que ha mandado construir Augusto con el fin de civilizar a un pueblo que pretende civilizar a los demás. ¡Qué tremenda ironía!.

Poco a poco te alejas Alejandría; aunque sea yo el que parte, eres tú quien me abandona. Veo ahora a mi derecha el templo de Poseidón que comienza a iluminarse y los depósitos de mercancías que se unen con el Heptastadium, el dique que llega hasta la isla de Faros.

Sé que fue Dimócrates, de la escuela de Hippodamus, quien trazó el plano de la ciudad por orden de Alejandro el Grande, del que lleva su nombre. Muchas Alejandrías se fundaron en esa época de conquistas, pero ninguna como tú con tus grandes avenidas que se cruzan en un punto, con el canal que te atraviesa completamente y pone en comunicación el puerto con el gran lago, al sur, y desde allí se reparte en una red de canales hasta el Nilo.

Por este sistema te llegan productos de los países más exóticos: África, Arabia, la India y China. Marfiles, especias, frutas, piedras preciosas y lo mejor para mí, los vinos, ya que soy un fiel seguidor de algunas de las enseñanzas de Dionisos.


                                                                               
       La Biblioteca   
      


Fue mi maestro quien me habló del gran prodigio que guió a Alejandro a elegir este lugar, el que sería su tumba al cumplir los treinta y tres años. Él se dio cuenta de que Egipto necesitaba una ciudad que tuviera un puerto abierto al exterior. Después de recorrer toda la costa buscando un emplazamiento adecuado todavía no tenía decidido cuál de ellos era el mejor. Esa misma noche tuvo un sueño en el que se le apareció Homero indicándole el lugar a través de unos versos de la Odisea. Pero si la presencia del gran poeta es ya un enorme prodigio los hechos ocurridos durante su fundación lo son todavía más: 
cuando se estaba delimitando el perímetro de lo que sería la ciudad con arena se dieron cuenta de que no había suficiente y decidieron seguir marcándola con harina de cebada. Entonces bandadas de pájaros llegaron de todas partes y se pusieron a comer, lo que interpretaron los augures como que en muy poco espacio de tiempo la ciudad sería próspera y alimentaría al mundo entero.

Así ha sido; tu padre el Nilo, con cíclica abundancia, derrocha los limos en sus riberas y gracias a uno de los pueblos más laboriosos, el egipcio, crecen los trigales y toda clase de bienes que después llegan a tus puertos. Muchas gentes se alimentan de estas riquezas.  Nunca ha dejado de asombrarme desde que era un niño la variedad de las gentes que habitan tus calles, especialmente en los muelles, donde trabajan juntos egipcios, griegos, armenios, persas, árabes, sirios y nubios entre otras clases de personas como los que habitan en las cavernas de la costa del mar arábigo.

Por mucho que Augusto haya decorado Roma, no creo que pueda igualar a Alejandría. Ella sola y no su  ínclita faraona conquistó primero a César y luego a Marco Antonio, aunque ese carámbano enfermizo llamado Octavio que vino depués no pudo entenderla y la dominó.

¡Oh, Alejandría, hasta la media luna que forma tu puerto evoca a todas las diosas madre de la Tierra, tú que serás algún día la madre nutricia de uno de los mayores imperios. Pero, ahora, déjame que te admire en silencio. Prometo que seguiré hablando de ti más tarde en estas mismas páginas.


Alejandría


FUENTES CONSULTADAS

  • DIÓN CASIO: HISTORIA ROMANA. Ed. Gredos.
  • OVIDIO: TRISTES Y PÓNTICAS. Ed. Gredos.
  • PLUTARCO: VIDAS PARALELAS, ANTONIO. Ed. Gredos
  • SUETONIO: VIDAS DE LOS DOCE CÉSARES, AUGUSTO

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

  • J. Tyldesley: CLEOPATRA. Ed. Ariel. Barcelona, 2008
  • K. Bringmann: AUGUSTO. Ed. Herder. Barcelona 2008
  • O. Von Wertheimer: CLEOPATRA. Ed. Jubentus. Barcelona 1932
  • P. Lévêque: EL MUNDO HELENÍSTICO. Ed. Paidós. Barcelona, 2005
  • W. Schuller: CLEOPATRA. Ed. Siruela. Madrid, 2008